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Universidad Tecnológica Equinoccial.
Instituto de Informática y Computación IDIC
 

EL PROFESOR UNIVERSITARIO UN MAESTRO
Dr. Gonzalo A. Cartagenova C.

En el número anterior de esta revista presentamos algunas reflexiones sobre el profesor universitario como persona. Continuamos ahora con la consideración de otro elemento esencial de su perfil, el profesor universitario un maestro.

El calificativo  maestro  tiene connotaciones tradicionales de muy  rico sentido. Por una parte, su dominio de un arte determinado , dominio  que garantiza la confianza en su quehacer y que motiva el deseo de  aprender de la sólida riqueza de su saber y experiencia y de imitarle en la perfección de su gestión. Por otra, su acercamiento comprometido hacia sus discípulos, con su preocupación continua porque su mejor legado para ellos sea el convencerles que todos, sin excepción , desarrollen sus talentos y capacidades propias, cada cual con su estilo personal, sin que su imprompta e influjo de maestro se impongan y oscurezcan su creatividad e individualidad propias.

El maestro, en esta  concepción tradicional,  ha suscitado siempre el profundo respeto, admiración y hasta veneración de sus aprendices porque reconocen que su gran destreza en su arte se sustenta en su conocimiento cabal de todos sus componentes, en su creatividad e imaginación en el diseño de cada uno de sus productos, en la selección más apropiada de la materia prima para su trabajo gracias a su  conocimiento  hasta de sus más escondidas virtualidades. Nada más lógico, por tanto, que un buen maestro  elicite de sus estudiantes un intenso  deseo de aprender de él, de imitarle como a un modelo genuino con el que no pueden errar.

Al transferir esta concepción a la vida universitaria, las características tradicionales del maestro no desaparecen, se matizan dentro de una realidad diferente y de exigencias  quizá mucho más comoplejas. Por una parte, su competencia  en su campo de especialización y su dominio de los conocimientos que esta requiere no sólo tienen que actualizarse constantemente con un afán real de  conocer a fondo “el estado del arte” sino que deben contribuir a su desarrollo mediante su  investigación y estudio. El crecimiento cada vez mas rápido del conocimiento es un desafío perenne para el profesor de universidad . Como maestro genuino tiene que aceptar que descuidar el esfuerzo por estar siempre al día es iniciar un descenso inevitable a la mediocridad y a la  incompetencia, desastrosas para  sus estudiantes y para él.  Por otra,  la preocupación del maestro universitario por llegar a sus discípulos, enfrenta transformaciones radicales y también mucho más graves. Para que su legado sea realmente significativo y trascendental, tiene que empezar por romper decididamente con actitudes  profundamente arraigadas en una concepción del profesor como el dueño del saber  y  generoso dispensador de sus conocimientos desde su cátedra. Tiene que  dar paso a una nueva actitud sustentada en la evidencia de lo que es  aprendizaje genuino, una acción personal , no trasmitida por el profesor ni recibida por el estudiante sino generada por éste en su proceso interno de aprendizaje y asimilación de conocimientos.

 Una nueva actitud no significa que el profesor tenga que renunciar a su obligación de enseñar, sino que tiene que examinar la naturaleza de la docencia y descubrirla  como un componente  transitorio de casi todo aprendizaje, componente que por su propia naturaleza tiene que  gradualmente disminuir hasta desaparecer a medida que el estudiante crezca en madurez y alcance la meta de ser capaz de aprender por sí solo. Porque  el aprendizaje es realmente vital solamente cuando es interno y propio de la persona, porque aprender, como lo manifiesta su etimología del Latín “aprehendere” es precisamente asimilar algo, convertirlo en carne propia. La vida no puede estar fuera del ser vivo! Una enseñanza que no se transforma en posesión muy suya y muy personal del estudiante, nunca será parte suya, quedará en la periferia de su ser y se agostará pronto como algo ajeno. 

Es indispensable que el maestro comprenda que “saber” no es un cúmulo de conocimientos que como tales vienen y van, sino algo mucho más hondo, un sustrato que nos hace capaces de reflexiones más sólidas y profundas;  que el proceso enseñanza-aprendizaje no es una mera suma de fuerzas igual a una ecuación matemática   a+b= c, es una transformación vital cuyo resultado no es “saber más” o tener más conocimientos” sino “ ser más”, es decir , robustecer toda la gama de posibilidades de la potencia cognoscitiva, desde el conocer inicial y la reflexión lógica y ordenada hasta la acción mesurada y prudente  que llamamos sabiduría.

Es importante, sin embargo, evitar una grave injusticia. El maestro  tiene  que enseñar. Su contribución no puede limitarse a una metodología que por insistir en la centralidad del aprendizaje del estudiante  ignore la importancia de la enseñanza del profesor. Enseñanza y aprendizaje son dos componentes de un mismo  proceso en el que cada uno de los dos  tiene su importancia y es perfectamente  identificable. El buen maestro no es sólo el que tiene habilidad para enseñar sino el que tiene algo positivo que enseñar, el que puede compartir su riqueza de conocimientos. De modo similar, el buen estudiante no es sólo el que enriquece su saber y lo hace suyo, sino el que sabe escuchar y sabe aprender  y aprovechar de la ciencia de su maestro.

Así como el profesor universitario tiene que revisar con lealtad y valentía su concepto de docencia a fin de reorientar todo su quehacer  de tal modo que sea un componente dinámico e inspirador en el proceso de enseñanza-aprendizaje de sus estudiantes, de manera similar debe el estudiante examinar su apertura para recibir de la abundancia de su maestro reconociendo la valía de su saber, su mérito por actualizarlo y su determinación por compartirlo. Nos encontramos ante dos  componentes vinculados intrínsecamente, ante  dos fuerzas que se conjugan hacia una misma meta.

Retornando al concepto de maestro universitario, es necesario insistir en que debe considerar su papel de enseñar como algo muy suyo  y realmente indispensable para  el aprendizaje de los estudiantes que acuden a él. Este papel  indisolublemente vinculado al aprendizaje es el que constituye al verdadero maestro, cuyos rasgos hemos intentado mencionar en estas breves líneas.